martes, 23 de febrero de 2016

Ayacucho: suma y síntesis de la emancipación americana


Publicado en Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, Año 14- Volumen 9, Nro.41, diciembre de 2015.

Orlando Rincones

Luego de 300 años de luchas y sacrificios en pos de la libertad, el primer cuarto del siglo XIX presentaba un panorama auspicioso para la causa republicana en América del Sur. Los triunfos de las armas patriotas en Maypú (1817), Boyacá (1819), Carabobo (1821) y Pichincha (1822), junto a la declaratoria de la independencia del Perú (1821), hacían presagiar que el largo camino de la emancipación estaba por llegar a su fin. Sin embargo, en la práctica, el contexto local e internacional imponía permanentes y nuevos desafíos que no serían fáciles de superar, ni siquiera para experimentados jefes como Bolívar y San Martín.

A los múltiples problemas económicos, políticos y sociales que socavaban la estabilidad de nuestras recién establecidas repúblicas, se sumaba la peligrosa presencia en el sur del Perú del Virrey José de La Serna e Hinojosa y su poderoso ejército de 20.000 hombres, bien organizados y mejor preparados, dirigidos por una corte de brillantes y experimentados oficiales europeos, veteranos todos de la guerra hispano-francesa. Dos expediciones militares enviadas por el Gobierno de Lima hacia los Puertos Intermedios del Perú (1822 y 1823) fueron aniquiladas por esta maquinaria militar. En medio de este contexto, en el Alto Perú (Charcas), el fanático general realista Pedro Antonio Olañeta se empeñaba en mantener erguidas las banderas del absolutismo español, pese a la heroica resistencia de las guerrillas patriotas (1809-1825) y a su particular confrontación con La Serna. Si a este delicado entorno local sumamos la presencia española en Cuba y Puerto Rico, así como la reposición en el trono español de Fernando VII (1823), era claro que la libertad constituía para los americanos un logro aún no consolidado.

No obstante las dificultades, el golpe decisivo de la epopeya independentista americana no tardaría en llegar. El 9 de diciembre de 1824, en la inmortal Pampa de Ayacucho, se libraría la confrontación definitiva entre la libertad y la esclavitud, entre la barbarie y la civilización: la Batalla de Ayacucho, épica gesta militar que conquistaría, de una vez y para siempre, el sagrado trofeo de la libertad y la dignidad de un continente.
Luego de vencer obstáculos y dificultades de todo tipo, desde las sucesivas traiciones de los presidentes peruanos Riva Agüero y Torre Tagle hasta los aprietos que imponía la abrupta topografía andina, ese clásico 9 de diciembre de 1824, el general Sucre y 5.780 bravos del Ejército Unido Libertador asisten a su particular cita con la gloria. Su ejército, conformado por un amplio mosaico de nacionalidades, era muy inferior en número y equipos al Ejército de La Serna, pero eso poco pareció importar a los “hijos de la gloria”, como los llamaría Bolívar, América estaba decidida a ser libre y sólo cuatro horas de encarnizado combate fueron suficientes para sellar la libertad del país de los incas y la independencia de toda América del Sur. 
La victoria patriota fue aplastante, en poder del Ejército Libertador quedaron  2 Tenientes Generales (La Serna y Canterac), 4 Mariscales de Campo, 10 Generales de Brigada, 16 Coroneles, 68 Tenientes Coroneles, 484 jefes y oficiales, 6.000 efectivos de tropa y todas las posesiones españolas en el Perú. Pese a ello, Sucre, el hidalgo guerrero que no conoce la victoria sin la clemencia, concede una honrosa capitulación al rival vencido, misma que constituye hasta hoy día el monumento más grande de clemencia y humanidad aplicada a la guerra.

Sepultado el poderío bélico español en Ayacucho, sólo restaba resolver el destino de las provincias del Alto Perú para garantizar la paz y la estabilidad política en la región. Conocedor desde años atrás del sentimiento autonomista altoperuano, el general Sucre había concebido, antes de Ayacucho, la idea de convocar una Asamblea Deliberante para que fueran los propios altoperuanos los que decidieran su destino. En ese sentido, el primero de enero de 1825, desde su Cuartel General en Cuzco, el general Sucre hace conocer a las municipalidades de La Paz, Cochabamba, Chuquisaca y Potosí que cruzará el río Desaguadero con 10.000 bravos del Ejército Unido Libertador, aclarando que “el ejército no lleva a esos países la menor aspiración: sus armas no se ocuparán sino de garantir su libertad; les dejaremos su más amplio y absoluto albedrío para que resuelvan sobre si lo que gusten”.

A esta extensa comunicación, que también dirige al coronel Arraya en Oruro y al General Aguilera en Santa Cruz, Sucre anexa copia de la Capitulación de Ayacucho con lo cual logra, sin disparar un solo cartucho, que las guarniciones de Cochabamba (14-1), Valle Grande (12-2), Santa Cruz (14-2), Chuquisaca (22-2) y Cotagaita (30-3) abracen la causa libertaria.
El 6 de agosto de 1825 se coloca el broche de oro a la gesta independentista americana, nace una nueva nación: Bolivia, la cual viene al mundo libre “coronada con los laureles de Ayacucho” y como tributo perpetuo al campeón de la independencia americana.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La Batalla de Ayacucho y el nacimiento de Bolivia

Publicado en el periódico El Diario-Opinión

Jueves 10 de diciembre de 2015.

Orlando Rincones

Luego de tres siglos de constantes luchas y sacrificios, el 9 de diciembre de 1824, el largo proceso de la independencia americana llegaría a su fin con la extraordinaria y resonante victoria obtenida por las armas patriotas en la célebre Batalla de Ayacucho. En aquella memorable y decisiva jornada, sobre una inmensa pampa de 300 hectáreas enclavada en el corazón de la Sierra Sur del Perú, conocida desde tiempos del incario como Aya k’ucho –rincón de los muertos-, el Ejército Unido Libertador, comandado por el joven y brillante héroe de Pichincha, el general venezolano Antonio José de Sucre, definiría la suerte de la América Meridional confrontando, nada más y nada menos, al todo poderoso e invicto Ejército Real del Perú, conducido por el Virrey José de La Serna e Hinojosa y su legión de experimentados generales europeos, héroes ibéricos en su particular guerra de independencia contra la Francia de Napoleón.

A pesar de desplegar sobre el campo de batalla la mitad de tropas que su opulento adversario (5.000 patriotas contra 10.000 realistas), el Ejército Libertador no se amilanó y, al igual que en los afamados y victoriosos campos de Carabobo, Boyacá, Pichincha y Junín, apeló a la bizarría y firmeza de sus espartanas tropas, venidas de todos los confines de América, para romper, de una vez y para siempre, las cadenas que nos oprimían por voluntad del poder español.

La Batalla de Ayacucho, en palabras del escritor y periodista venezolano Juan Vicente González “síntesis y suma de la emancipación americana”, marca el divorcio definitivo entre el opresor y el oprimido, entre el explotador y el explotado, entre la esclavitud y la libertad. Ayacucho pone término al oprobioso régimen colonial español en el Nuevo Mundo e inscribe, con letras de oro, el nombre de América entre las naciones libres y civilizadas del universo, al tiempo de propiciar, como ningún otro triunfo de la gesta independentista, el nacimiento de una nueva nación.

Después de la apoteósica victoria del 9 de diciembre, Sucre establece su Cuartel General en Cusco y desde allí, el 1º de enero de 1825, va a anunciar a las provincias del Alto Perú la decisión que acerca de su destino venía meditando desde hacía mucho tiempo atrás: la de convocar una asamblea de pueblos para que sean los propios altoperuanos quienes “a su más amplio y absoluto albedrío” definan su futuro y “resuelvan sobre si lo que gusten”.

La comunicación de Sucre, dirigida estratégicamente a las municipalidades de La Paz, Cochabamba, Chuquisaca y Potosí, anuncia además el feliz desenlace de la batalla de Ayacucho e informa que, de inmediato, el jefe patriota cruzará el río Desaguadero con 10.000 bravos del victorioso y remozado Ejército Unido Libertador, sin mayores aspiraciones que la de garantizar la libertad de esas provincias. El solo anuncio hace estremecer a los desesperanzados realistas del Alto Perú, además, Sucre ha anexado a su correspondencia copia de la Capitulación de Ayacucho -firmada por Canterac- cuyos generosos términos y condiciones son demasiado atractivos como para seguir aferrados a la causa perdida del Rey. Ante esta realidad, bien llegan los despachos de Sucre a las cabeceras municipales los pronunciamientos de adhesión a la causa libertaria no se hacen esperar: el 14 de enero de 1825 Cochabamba, el 12 de febrero Valle Grande, el 14 de febrero Santa Cruz, el 22 de febrero Chuquisaca y el 30 de marzo Cotagaita. La Capitulación de Ayacucho ha extendido su brazo generoso a los realistas altoperuanos y estos se han acogido a ella, no ha sido necesario derramar inútilmente más sangre americana. El 1º de abril de 1825 se extinguirá en Tumusla el último vestigio del poder español en el Alto Perú, el fanático y obstinado general realista Pedro Antonio Olañeta muere a manos de sus más cercanos colaboradores, en momentos que 6.000 hombres del Ejército Unido Libertador ocupaban ya Potosí.

El 6 de agosto de 1825, nuestra América, y el Universo entero, contemplarán henchidos de emoción el alumbramiento de una nueva república: Bolivia, la cual nace como tributo perpetuo al campeón de la independencia americana y, como él mismo dijera, “coronada con los laureles de Ayacucho”.

El autor es Investigador histórico. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Autor del libro “Ayacucho y la Independencia del Alto Perú”.

Corpahuayco: ‘Las Termópilas de América’ - La Razón

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